Médicos más allá del dolor humano

El calendario ha hecho coincidir en apenas unos días la presentación de dos obras literarias con dos médicos relacionados con Valladolid como protagonistas, héroes cívicos en las complicadas circunstancias que les tocó vivir durante la Guerra Civil, rescatados ahora por autores convencidos de la necesaria pervivencia de su ejemplo.

‘El médico que no quería morir’ (KRK Ediciones) narra la vida de Lodario Gavela (1916-1947) médico de Fornela (León), que pasó su infancia y estudió Medicina en Valladolid, donde vivió el convulso período de la República. Ejerció su labor en hospitales militares republicanos de Asturias hasta la caída del frente del norte y, después, obligado a trabajar en hospitales del bando franquista. Al final de la guerra volvió de nuevo a Valladolid, donde acabó la carrera de Medicina y Cirugía entre 1939 y 1942. Su siguiente destino como médico le llevó a la comarca leonesa de Fornela, donde cinco años después fue asesinado, según consta en un informe «porque extendía la desafección y la apatía hacia el régimen» y por ayudar a los fugados a los montes de la zona.

«Las circunstancias que produjeron su muerte han hecho de Lodario Gavela un personaje con halo legendario entre las gentes de Fornela y comarcas aledañas; fue un ejemplo de valentía que mantenía vivo el compromiso con sus gentes», sostiene el profesor de Lengua y Literatura Alejandro López Álvarez (Trascastro, León, 1956), desde 2009 dedicado a recuperar su huella a través de testimonio de quienes lo conocieron, transmitidos oralmente a lo largo de setenta años.

«Lodario -prosigue-es un personaje que siempre ha estado presente en mi vida porque cuando era niño oía hablar de él con admiración y a escondidas, con miedo a ser escuchados. Desde niño veía una placa colocada en la escuela que decía ‘al doctor don Lodario Gavela, alma de la educación infantil de Fornela ¡Gratitud!’. Su labor iba más allá de la atención médica, fue un adelantado en la visión educadora de las niñas, tratando de arrancarlas del papel que el régimen y la tradición les tenían reservados, promovió la llegada de la luz eléctrica y hábitos higiénicos a los pueblos, y fue inspirador de modificaciones arquitectóncias en las humildes casas para favorecer la higiene».

A sus 31 años, en la tarde noche del 24 de septiembre de 1947 volvía de un congreso médico en Madrid y hacía el último tramo del camino a Trascastro cuando la Brigadilla, -guardias civiles infiltrados en el monte en busca de maquis-, le mataron de varios disparos. «Uno de los guardias acuartelados en el pueblo, a cuyas familias atendía como médico, era su amigo y a los ocho días abandonó la Guardia Civil», detalla el autor de una novela «fiel a los hechos históricos».

El de Pura, una de aquellas niñas a las que el galeno insuflaba con actividades escolares la pasión por el conocimiento y que hoy tiene 87 años, es uno de los testimonios recabados sobre el médico: «Si no lo hubieran matado, mi vida seguramente hubiera sido distinta; habría sido maestra o enfermera».

El jueves 18 de diciembre presenta este libro su autor en la Casa de Zorrilla (20:00 horas) acompañado por María Antonia Salvador González, catedrática de Geografía e Historia y también rescatadora de otra vida digna de ser recordada como «referente moral y ético, ejemplo humanizador que nos ayuda a todos los españoles».

Hace días presentó en el Colegio de Médicos de Valladolid ‘Los espacios del dolor’ (Ayuntamiento de Valladolid), en la que da a conocer la labor realizada por Luis Quemada Blanco como cirujano en los hospitales de Madrid, el frente del Ebro y Barcelona durante la Guerra Civil. La base de su investigación son 374 historias clínicas manuscritas por el doctor en un momento crucial de la contienda, entre junio de 1937 y enero de 1939. Informes de congelaciones, amputaciones, análisis de sangre, placas radiográficas, descripciones de cómo los heridos son evacuados en el campo de batalla hasta que llegan al hospital, con dibujos, los tratamientos y la medicación que se les había proporcionado aportan una valiosa documentación, «una visión diferente de la guerra desde el punto de las víctimas», apunta la investigadora.

«En esos papeles se refleja el horror de la tragedia en toda su crudeza; hay descripciones tan dolorosas y atroces que solo leerlas me dejaba paralizada», relata María Antonia Salvador González, durante tres años inmersa en la transcripción y análisis de la documentación. Dichos informes llegaron hasta el domicilio de la familia del doctor en Valladolid ocultos en una ambulancia que, en los últimos meses de la guerra, trasladaba a su madre desde Barcelona mientras él partía hacia el exilio. Desde entonces han permanecido guardados por la familia.

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